5 de marzo de 2012

Un indio es un cazador de sueños... (04-12-2009)

Cuando volví a la habitación, algo había cambiado. Sólo veía el brillo de ese trozo de papel colgado en la pared, mirándome fijamente desde ese ojo dibujado semanas anteriores.
No sentía angustia; no sentía ya miedo.
En ese ojo se encontraba una parte de mi alma, tan mía, que nunca antes me había dado cuenta que estaba ahí.

Mentiría si dijera que ya no cuentan las opiniones, los rechazos, los halagos y los chantajes. 
Mentiría si dijera que no importa lo que el mundo opine. 
Importa... 
En esa parte de mi con la que crecí expuesta, todo importa, todo pesa.

Pero hace ya algún tiempo que me empecé a cambiar de ropas. Tal vez la que estaba usando había encogido, se había roto o hasta a veces creo, que fue mi cuerpo el que se empezó a dormir.
Y tal y como dicen que sucede con los brazos o piernas "fantasmas", sentía y vivía desde otro sitio.

No he cambiado mi manera de ser, no he dejado las cosas de lado. Simplemente ahora vivo desde mi primer y último yo. Ese que cuesta conocer, y tal vez tardes toda una vida en entender. Es la intuición, la aventura, la frescura, la locura, la espontaneidad, la creatividad, la vida.

Y no es fácil llegar, ni estar llegando, ni supongo que haber llegado.
Pero, ese ojo me mira con una ternura nueva para mi. Y yo le devuelvo esa mirada con una sonrisa de pura felicidad en la cara.


Dicen que los sueños son reales mientras duran, ¿puedes decir lo mismo de la vida?  - Waking Life

-No me arrepiento de nada- Gioconda Belli

No me arrepiento de nada.
Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.

Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la "niña buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.

En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.

No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.

Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser. 



 Ich bereue nichts