Es necesario recordar que la Bella Durmiente es solo un cuento infantil. Recordar que los arquetipos de los que habla ese cuento no son tan literales como para seguirlos al pie de la letra. Cuando de miedos se trata, no hay lugar para la almohada. La princesa siempre acababa despertando, y el beso del príncipe no es algo que debía tomarse literalmente, por mucho que lo hayamos entendido así desde siempre.
Vivir se ha convertido en decidir cómo quiero transcurrir por este mundo. Congelar los momentos que necesitemos para actualizar de donde vengo y hacia donde me dirijo, pero no dormirse demasiado y paralizarse, disfrazando los miedos al cambio y la incertidumbre con vestidos de confort y comodidad.
Y sí... es verdad y no quiero engañar a nadie. Es más cómodo arrojar la luz e irse a dormir (*). Pero quisiera pensar que algún día, con 99 años y desde mi experiencia podré pensar en qué viví la vida afrontándola, y no simplemente esquivando lo que me causaba dolor, esfuerzo y pereza sobrepasar. Poder estar orgullosos de nuestro paso por este sueño del que tal vez nunca despertemos. Si de mi sueño se trata, será sensato adueñarse de él y soñar lo que quiera.
Sabemos que tendremos que arder totalmente de la manera que sea, sentarnos directamente sobre las cenizas de la mujer (u hombre) que antaño creíamos ser y seguir adelante a partir de ahí(*).
Y los miedos volverán una y otra vez. Y una y otra vez deberemos despertarnos y movernos. Ya que por regla general, una cosa no puede congelarse si se mueve. Moveos pues; no dejéis de moveros (*).
Porque tengo la sensación de que vivir se trata de afrontar miedos. Los tuyos y solo tuyos.
(*) Extraído del libro: "Mujeres que corren con los lobos" de Clarissa Pinkola Estés.
